¿Cómo hemos llegado nosotros, la única especie del planeta, a no saber qué deberíamos comer?
Pues aquí empieza el circo.
Y no el circo bonito, con acróbatas, caballos blancos y niños comiendo algodón de azúcar.
No.
Hablo del circo metabólico en el que vivimos desde hace décadas, mientras seguimos fingiendo que esto es wellness. 🎪
Todos los animales de este planeta saben qué tienen que comer.
Tú le pones pescado fresco delante de una vaca y la vaca no dice:
“Ay, qué interesante, hoy voy a probar una dieta más rica en omega 3.”
No.
Arruga la nariz, te mira como si fueras el último loco del documental y vuelve tranquilamente a su hierba.
Tú le pones hierba delante de un león y el león no dice:
“Mmm, fibra, detox, microbiota… igual debería reducir un poco la carne roja.”
No.
Te mira con desprecio real y probablemente te explica con los ojos que te has equivocado de especie. 🦁
Cada especie sabe.
Cada animal tiene una alimentación principal, adaptada a su cuerpo, a su tubo digestivo, a su metabolismo y a su instinto.
Solo nosotros, los homo sapiens con teléfono inteligente, reloj inteligente y aplicación para contar calorías, hemos llegado al punto de no saber si tenemos que comer huevos, carne, mantequilla, pan integral, tofu, avena, ensalada, proteína vegetal, smoothie verde o aire con canela.
Y lo mejor de todo es que nos han vendido la idea de que ser omnívoro significa vivir a base de cereales, frutas, verduras, aceites vegetales y, si acaso, un trocito de carne de vez en cuando.
Pero con vergüenza.
Con moderación.
Con culpa.
Es decir, hemos cogido la palabra “omnívoro” y la hemos convertido en una excusa elegante para una dieta basada en carbohidratos.
Pero omnívoro no significa:
“Tienes que comer de todo todos los días.”
Omnívoro significa que puedes utilizar diferentes fuentes de alimento para sobrevivir.
Y ojo con esta palabra:
sobrevivir.
Una cosa es poder sobrevivir con algo.
Otra muy distinta es estar diseñado para prosperar con ese algo.
El ser humano puede sobrevivir con carbohidratos.
Claro que puede.
Hemos sobrevivido en épocas difíciles, en hambrunas, en inviernos, en momentos sin caza, sin alimento animal suficiente, tirando de raíces, tubérculos, frutas de temporada y lo que se encontraba.
Pero de ahí a decir que la dieta ideal del ser humano moderno debe basarse en cereales, harinas, frutas dulces todo el año, zumos, snacks, productos “integrales” y carne una vez por semana…
Hay un camino largo.
Muy largo.
Más o menos tan largo como el camino que va de la salud metabólica a la diabetes tipo 2, el hígado graso y la obesidad.
Nos guste o no, nuestra estructura se parece más a la de un animal predominantemente carnívoro de lo que nos han contado.
Tenemos un ácido gástrico potente, preparado para digerir alimento animal.
Necesitamos nutrientes que se encuentran en forma altamente biodisponible en los alimentos de origen animal.
Tenemos un cerebro enorme, carísimo energéticamente, que no se construyó con hojas de lechuga y semillas de chía colocadas con mucho amor en un bol bonito de Instagram.
Pero, de alguna manera, en la era moderna hemos llegado a creer que la salud vive en un bol de avena con plátano, miel y bebida vegetal.
Mientras que un filete con mantequilla parece casi un acto criminal. 🧈
Y luego nos sorprende que la gente tenga hambre todo el tiempo.
Que desayune y dos horas después esté buscando algo dulce.
Que cuente calorías.
Que viva con la aplicación en la mano.
Que se suba a la báscula como quien sube al patíbulo.
Que coma “correctamente” y aun así engorde.
Que tenga antojos, ansiedad por la comida, glucosa haciendo montaña rusa y una energía digna de una bombilla fundida.
Sinceramente, yo no he oído en mi vida a un león decir:
“Hoy mejor no como tanta gacela, que creo que estoy cogiendo tripita.”
No he visto al lobo pesando su ración en MyFitnessPal.
Ni al buitre diciendo:
“Uy, hoy me he pasado con la proteína, mejor meto un poco de quinoa.”
Los animales comen hasta saciarse.
Su cuerpo sabe.
Su instinto sabe.
Su metabolismo funciona dentro de un entorno alimentario para el que está adaptado.
Y sí, antes de que alguien venga corriendo a decirme:
“Pero el león solo come cuando caza, no come tres veces al día.”
Correcto.
Pero entonces hagámonos otra pregunta:
¿Por qué el león del zoológico, que recibe comida de forma regular, no se vuelve obeso como un humano sedentario con Netflix, galletas “sin azúcar” y ansiedad a las once de la noche?
Porque no come cereales con sabor a carne.
No picotea snacks fitness.
No bebe smoothies.
No tiene acceso a la combinación moderna perfecta para el desastre:
carbohidratos + grasas industriales + azúcar + harina + marketing.
Ahí está la magia negra, querida. 🕷️
La obesidad en la naturaleza no se parece a la obesidad que vemos hoy en los seres humanos.
Y no me vengas ahora con que el elefante o la foca son obesos.
No lo son.
Tienen el peso biológico propio de su especie, de su entorno y de su función de supervivencia.
Una foca no está “gorda” porque haya comido emocionalmente a las once de la noche.
Un elefante no tiene síndrome metabólico porque se haya pasado con los cereales integrales.
Son exactamente como deben ser para su especie.
Cuando vemos animales obesos, la mayoría de las veces hablamos de animales criados por humanos.
Punto.
Animales alimentados por humanos.
Animales sacados de su dieta natural.
Animales a los que el ser humano les ha dado comida inadecuada, demasiada, demasiado a menudo o completamente diferente de lo que habrían comido por instinto.
Y aquí viene la pregunta incómoda:
¿Qué hemos hecho nosotros con nosotros mismos?
Nos hemos sacado solos de nuestra dieta natural.
Nos hemos convencido de que la base de la alimentación debe ser el cereal.
Que el desayuno debe ser dulce.
Que la fruta es sagrada, aunque la comas todo el año en cantidades que nuestros antepasados no habrían visto ni en sueños.
Que la grasa animal es peligrosa.
Que la mantequilla es sospechosa.
Que el huevo hay que negociarlo.
Que el tocino es culpable, pero el tocino con pan, cerveza y postre después es “tradición”.
Y luego nos sorprendemos de tener una epidemia de enfermedades metabólicas.
Obesidad.
Diabetes tipo 2.
Resistencia a la insulina.
Hígado graso.
Síndrome metabólico.
Hipertensión.
Inflamación crónica.
Síndrome de ovario poliquístico.
Alzhéimer, al que algunos investigadores ya se refieren como una especie de diabetes tipo 3.
Y muchas formas de cáncer se discuten cada vez más en relación con el entorno metabólico: insulina, inflamación, glucosa, un cuerpo que vive durante años en un desequilibrio profundo.
Sé que suena duro.
Pero en muchísimos casos, la enfermedad empieza con lo que metes cada día en tu cuerpo.
Con lo que comes.
Con lo que alimenta tus células.
Con lo que alimenta tu metabolismo.
Con lo que alimenta tu inflamación.
Cuando llevas un animal enfermo al veterinario, ¿qué es lo primero que te pregunta?
“¿Qué come?”
No empieza con la meditación del gato.
No empieza con el trauma transgeneracional del hámster.
No empieza con el clásico “será genético”.
Pregunta qué come el animal.
Porque cualquier veterinario sabe que la alimentación es la base de la salud.
Pero cuando vamos nosotros al médico, ¿cuántas veces nos preguntan en serio qué comemos?
No en plan:
“¿Come usted equilibrado?”
No en plan:
“Menos grasa y más movimiento.”
Sino en serio.
Concretamente.
¿Qué comes por la mañana?
¿Qué comes por la noche?
¿Cuánto azúcar?
¿Cuántos cereales?
¿Cuántos aceites vegetales?
¿Cuánta comida real?
¿Cuánto alimento animal?
¿Cuánta comida procesada?
Casi nunca.
Y entonces terminamos tratando síntomas, mientras ignoramos el combustible que mantiene vivo el fuego. 🔥
Y la parte más triste es que nos han vendido la idea de que el problema somos nosotros.
Que no tenemos fuerza de voluntad.
Que comemos demasiado.
Que no nos movemos lo suficiente.
Que tenemos que contar calorías.
Que necesitamos disciplina.
Que tenemos que comer poco y a menudo.
Que debemos levantarnos de la mesa con hambre, preferiblemente felices, iluminados y ligeramente deprimidos.
Pero quizá el problema no sea que las personas estén defectuosas.
Quizá el problema sea que comen una comida que altera sus señales naturales de hambre y saciedad.
Quizá el problema no sea que el ser humano moderno no sepa controlarse.
Quizá el problema sea que le han dicho que construya su dieta sobre alimentos que le hacen querer más y más.
Porque cuando comes comida real, densa en nutrientes, rica en grasas animales y proteínas de calidad, el cuerpo empieza a recordar algo que la industria alimentaria preferiría que olvidaras:
La saciedad.
No esa plenitud hinchada de después de comer pasta y pan.
No el coma alimentario.
No el “no puedo más, pero igual me comería algo dulce”.
Hablo de la saciedad real.
Esa calma en el cuerpo.
Sin hambre nerviosa.
Sin negociaciones.
Sin mirar el reloj cada dos horas.
Sin convertir cada comida en un juicio legal con calorías, báscula y culpa.
Y quizá deberíamos empezar justo aquí:
Si todos los animales saben qué comer, ¿cómo hemos llegado nosotros a ser la única especie que necesita anuncios, pirámides alimentarias, aplicaciones, nutricionistas, dietas, tablas, etiquetas y miedo?
Si un león no necesita contar calorías para no volverse obeso, ¿por qué hemos llegado nosotros a creer que sin matemáticas no podemos comer?
Si los animales engordan sobre todo cuando los alimentamos mal nosotros, ¿qué dice eso sobre la forma en la que nos estamos alimentando a nosotros mismos?
Y la pregunta más incómoda de todas:
Si la dieta “equilibrada” que nos han enseñado a seguir es tan saludable, ¿por qué estamos metabólicamente más enfermos que nunca?
No te pido que me creas.
De hecho, te pido que no me creas sin más.
Pero sí quiero que empieces a hacerte preguntas.
Porque en el momento en que empiezas a hacer las preguntas correctas, la historia oficial empieza a crujir.
Y cuando cruje, empieza la parte interesante. 😼
La próxima vez hablaremos de una de las mayores trampas alimentarias modernas:
el miedo a la grasa animal y la obsesión con contar calorías para adelgazar.
Spoiler: la mantequilla nunca fue el enemigo.
Y contar calorías puede sabotearte mucho más de lo que imaginas.
Pero claro…
Alguien tenía que vender también los aceites vegetales.
Si todo esto te ha hecho ruido por dentro, quizá no sea casualidad.
Quizá ha llegado el momento de dejar de pelearte con la comida, con tu cuerpo, con la báscula y con esa sensación constante de “estoy haciendo todo bien, pero algo no funciona”.
Porque aprender a comer de verdad no va de seguir otra dieta más.
Va de entender tu metabolismo, tu hambre, tu saciedad, tu energía, tu inflamación, tus antojos y la forma en la que tu cuerpo responde a los alimentos.
Va de volver a una alimentación real, nutritiva, saciante y coherente con tu biología.
Si quieres que te acompañe en este proceso, he creado un programa de coaching de 3 meses en el que trabajamos juntas tu alimentación, tu salud metabólica y tu relación con la comida, paso a paso, sin obsesión, sin contar calorías y sin vivir con miedo a comer.
Puedes ver toda la información aquí: https://sashafodor.es/3-meses-coaching/
Con cariño,
Sasha