Cómo la ayahuasca sanó mi duelo
He ido posponiendo escribir este artículo.
No porque no sepa qué decir.
Sino porque lo sé demasiado bien…
Y hay cosas que, cuando las sacas de dentro y las pones en palabras, las revives con todo el cuerpo, no solo con la mente.
Hoy quiero hablaros de mi experiencia con la ayahuasca. 🌿
No desde películas.
No desde historias escuchadas por internet.
No desde el típico “he leído por ahí que…”
Sino desde mi propia experiencia.
En 2024 estaba realizando una formación de dos años en psicoterapia asistida con psicodélicos.
Esta formación incluía cuatro retiros experienciales, cada uno dedicado a una sustancia diferente: ketamina, ayahuasca, psilocibina y MDMA.
La ayahuasca fue la segunda experiencia de esta formación, después de la ketamina.
La experiencia con ketamina ya había sido profunda y muy potente.
Pero fue la ayahuasca la que transformó de verdad mi relación con el duelo.
Y cuando digo esto, no estoy usando palabras grandes para sonar dramática.
Soy psicóloga.
Soy psicoterapeuta.
Había estudiado durante años psicología, psicoterapia, trauma, duelo, sufrimiento humano, los mecanismos por los que una persona se rompe por dentro y luego intenta volver a recomponerse.
Y, aun así, nada de lo que había aprendido en la universidad o en mis formaciones había conseguido calmar el duelo profundo que llevaba dentro desde hacía años.
De hecho, esa fue una de las razones principales por las que elegí esta formación.
No solo para aprender profesionalmente sobre la psicoterapia asistida con psicodélicos.
También porque, en algún lugar dentro de mí, esperaba comprender y sanar mi propio sufrimiento.
Primera ceremonia: náusea, mente y tormento
Durante el retiro de ayahuasca participé en dos ceremonias, en dos días consecutivos.
La primera ceremonia fue extremadamente difícil.
Tuve la sensación de estar encerrada en un overthinking interminable.
Me sentía atacada por mis propios pensamientos.
No podía salir de ellos.
No podía parar.
No podía bajar de mi propia mente. 🧠
Al mismo tiempo, tenía una náusea muy intensa, pero sin poder vomitar.
Solo una sensación constante de malestar físico.
Una náusea que parecía no llevar a ninguna parte.
Al final de la primera ceremonia dije muy claramente que no iba a participar en la segunda.
Se acabó.
Ya había tenido suficiente.
Me había parecido interminable, agotadora y casi sin sentido.
Al día siguiente hablé con el chamán y con mis formadores, que eran psicólogos y personas con experiencia en este campo.
Me explicaron que dos experiencias nunca se parecen entre sí y que quizá sería útil entrar en la segunda ceremonia con una intención mucho más clara.
Entonces me di cuenta de que la primera vez había entrado más desde la curiosidad.
Sí, quería experimentar.
Sí, quería ver qué pasaba.
Sí, quería entender.
Pero no había puesto una intención profunda.
Para la segunda ceremonia, puse una intención muy concreta:
pedirle a la ayahuasca que me ayudara a comprender y sanar mi duelo.
A comprender la muerte.
A comprender qué ocurre con las personas y los animales que amamos cuando se van.
Y, finalmente, decidí participar también en la segunda ceremonia.
Segunda ceremonia: cuando ya no puedes escapar
Aunque tenía una intención nueva, el inicio de la experiencia fue casi idéntico al de la noche anterior.
La náusea volvió con la misma intensidad.
Me sentía mareada, agotada, físicamente muy mal.
En un momento dado intenté hacer lo que normalmente funciona en la vida cotidiana cuando la náusea se vuelve insoportable:
provocar el vómito.
Me metí los dedos en la garganta intentando liberarme de aquel malestar.
Pero no podía.
Por mucho que lo intentara, era imposible.
Y entonces tuve la sensación de que una voz interior, o quizá la propia ayahuasca, me decía con mucha claridad:
“Estás buscando un atajo. Pero las cosas no funcionan así.”
Esa frase casi me llevó a la desesperación.
Tenía la sensación de estar viviendo una tortura física.
Estaba completamente invadida por la náusea y no podía escapar de ella.
¿Sabes ese momento en el que tu cuerpo grita, tu mente se agita y ya no tienes ninguna estrategia?
Ahí estaba yo.
Sin plan.
Sin control.
Sin salida de emergencia.
Sin botón de “skip intro”, que esto no era Netflix, amiga. 😅
Y luego llegué a un punto en el que ya no tenía fuerzas para luchar.
No recuerdo haber formulado el pensamiento con palabras exactas, pero el sentimiento era este:
“Que pase lo que tenga que pasar. Si tengo que sufrir, sufriré.”
Y ese fue el momento de rendición.
De entrega.
De renuncia al control.
Dejé de intentar controlar la experiencia.
Acepté completamente lo que estaba viviendo.
Y exactamente a partir de ese momento, todo cambió.
Poco a poco, la náusea empezó a desaparecer.
Empecé a sentirme cada vez mejor, hasta llegar a un estado que no puedo describir de otra manera que no sea profundamente divino. ✨
Era un estado de éxtasis.
De paz.
De plenitud.
De una fuerza interior extraordinaria.
Como si, después de dejar de luchar contra la experiencia, la experiencia hubiera dejado de luchar contra mí.
Y entonces esa misma voz interior me preguntó:
“Ahora que sientes todo esto, ¿aceptarías volver a vivir todo el sufrimiento del principio para llegar hasta aquí?”
Mi respuesta fue inmediata:
“Sí. Sin ninguna duda.”
En ese momento entendí algo esencial.
Todo el sufrimiento por el que había pasado antes se volvía casi insignificante comparado con lo que estaba recibiendo después de soltar completamente el control.
El dolor había sido un pasaje.
No el destino.
El Lamborghini que no iba sobre el Lamborghini
Después empecé a sentir una fuerza interior inmensa.
Tenía la sensación de que podía pedir cualquier cosa.
Que podía sentir cualquier cosa.
Que podía acceder a cualquier estado.
Me sentía completa, invencible, casi como una diosa.
La voz me repetía:
“Pide lo que quieras. Absolutamente todo es posible.”
Casi en broma, dije:
“Quiero un Lamborghini descapotable.”
Y casi me dio la risa, porque me pareció la petición más superficial posible.
Pero ocurrió algo muy interesante.
No vi un coche.
No recibí una imagen de mí dentro de un Lamborghini.
En cambio, sentí todas las emociones que yo creía que sentiría si tuviera ese coche:
libertad,
el viento en la cara,
alegría,
entusiasmo,
poder. 🌬️
Y entonces entendí algo fundamental.
Los objetos materiales no nos hacen felices por sí mismos.
Lo que buscamos, en realidad, es el estado interior que creemos que ese objeto nos va a dar.
No queremos el coche.
Queremos la libertad.
No queremos el objeto.
Queremos la sensación.
No queremos el símbolo.
Queremos el estado.
La voz repitió:
“Puedes pedir absolutamente cualquier cosa.”
Y entonces hice la verdadera pregunta.
La pregunta por la que había venido.
La pregunta conectada con mi intención:
“¿Dónde están las personas que he perdido? ¿Dónde están los animales que he amado tanto? ¿Qué ocurre después de la muerte?”
¿Dónde están los que hemos perdido?
Y entonces viví la experiencia más profunda no solo de aquella ceremonia, sino probablemente de toda mi vida.
Mi mente, mi alma, mi cuerpo, cada célula de mí parecían llenarse del amor y la energía de los seres que había perdido.
Los sentía físicamente.
Miraba mis manos, mis brazos, mi cuerpo, y me preguntaba:
“¿Cómo he podido no ver esto antes?”
Porque ellos eran parte de mí.
No estaban en algún lugar lejano.
No habían desaparecido.
No estaban ausentes.
Estaban en mí.
Conmigo.
Formaban parte de mí.
Hay una diferencia enorme entre escuchar a alguien decir “los que amamos viven en nosotros” y sentir esa realidad en cada célula de tu cuerpo.
Yo no lo pensaba.
Yo lo sentía.
Sentía su amor.
Su energía.
Su presencia.
No era una idea.
No era una creencia.
Era una certeza vivida. 🤍
Y entonces entendí:
la muerte no borra el amor.
Después apareció otra pregunta.
Una pregunta delicada, pero muy real:
“Si después de la muerte es tan maravilloso, ¿qué me impediría morir ahora para llegar allí?”
Y la respuesta llegó de inmediato.
Vi todo lo que amo de esta vida.
Cantar.
Ayudar a los animales.
Ayudar a otras personas.
Estar con quienes amo.
Viajar.
Sentir el perfume de una rosa.
Vivir. 🌹
El mensaje era extremadamente claro:
“Todo el mundo llegará aquí, tarde o temprano. No hay ninguna razón para tener prisa. La vida también tiene su propia belleza. Todavía puedes hacer muchas cosas buenas mientras estés aquí. Cada uno llegará a su tiempo.”
Esa comprensión no me acercó a la muerte.
Me reconcilió profundamente con la vida.
La muerte no siempre es bonita
Después llegó la conclusión más profunda de la experiencia.
Entendí que no debemos quedarnos fijados únicamente en la forma en que una persona o un animal murió.
Y quiero decir esto con toda sinceridad:
la muerte no siempre es bonita.
No siempre es luminosa.
No siempre es suave.
No siempre es una película artística con buena música de fondo y un rayo cálido sobre la almohada.
A veces la muerte es brutal.
A veces es injusta.
A veces provoca sufrimiento físico.
A veces el cuerpo se resiste.
A veces te deja imágenes que querrías borrar de tu mente y no puedes.
Y quizá esa es precisamente la parte que más nos rompe:
no solo perdemos al ser amado,
sino que a veces lo vemos sufrir antes de irse. 💔
Pero en aquella experiencia comprendí algo que no habría podido aceptar solo desde la teoría.
Comprendí que el sufrimiento del tránsito, por duro que sea, no es toda la verdad.
No es el final de la historia.
Es el umbral.
Es la puerta.
Es la parte que nosotros vemos desde aquí, con nuestros ojos limitados, con nuestro miedo, con nuestro cuerpo, con nuestra desesperación de humanos que no quieren perder lo que aman.
Pero más allá del tránsito, lo que yo sentí era tan vasto, tan lleno de amor, paz y regreso a casa, que entendí profundamente esa expresión española:
vale la pena.
Merece la pena.
No en el sentido de que el sufrimiento sea bueno.
No en el sentido de que haya que romantizar el dolor.
No en el sentido de que la muerte no importe.
Sino en el sentido de que, cuando atraviesas al otro lado, cualquier sufrimiento queda atrás.
Se disuelve.
Pierde sus garras.
Pierde su forma.
Pierde su poder.
Y lo que queda ya no es el tormento.
Ya no es el cuerpo rompiéndose.
Ya no es el miedo.
Es el regreso.
El amor.
La paz.
Casa. 🕊️
La sensación era que la muerte no es una desaparición.
Es un regreso.
Como una gota de agua que vuelve al océano.
Durante la vida somos como gotas individuales.
Tenemos nuestra identidad, nuestra historia, nuestras heridas, nuestras alegrías, nuestro cuerpo, nuestro nombre.
Pero después de la muerte volvemos al océano del que venimos.
Dejamos de estar separados.
Volvemos a ser parte del Todo.
Volvemos a casa.
A esa conciencia común de la que procedemos.
En ese momento me sentí unida a Dios.
Unida a todo lo que existe.
Tenía la sensación de entenderlo todo, pero no intelectualmente.
No como en un libro.
No como en un curso.
Sino directamente.
Con todo mi ser.
Qué cambió después
Esta experiencia transformó profundamente mi relación con el duelo.
Eso no significa que ya no sienta tristeza.
No significa que no eche de menos a las personas o los animales que he perdido.
No significa que no llore.
No significa que la muerte ya no duela.
Pero la desesperación se transformó en paz.
Por primera vez en mi vida sentí profundamente que el amor nunca desaparece.
Que aquellos a quienes amamos nunca están completamente ausentes.
Que, de una forma difícil de explicar, siguen viviendo en nosotros y siguen formando parte de lo que somos.
Y quizá por eso hoy puedo hablar del duelo de otra manera.
No desde la teoría.
No desde frases bonitas.
No desde citas para poner en Instagram.
Sino desde algo que he vivido con todo mi ser.
No es un juego
Por eso digo que la psicoterapia asistida con psicodélicos no es un juego.
No es “a ver qué pasa”.
No es una curiosidad exótica.
No es un atajo mágico hacia la iluminación.
Es un trabajo profundo.
Serio.
A veces difícil.
A veces estremecedor.
Pero, en el marco adecuado, con preparación, seguridad e integración, puede abrir puertas a las que la psicoterapia clásica a veces llega con mucha dificultad.
Para mí, la ayahuasca fue una de esas puertas.
Y lo que encontré al otro lado me cambió la vida.
Si sientes que has llegado a un punto en el que has entendido muchas cosas con la mente, pero el dolor sigue viviendo en tu cuerpo…
Si has pasado por duelo, trauma, pérdida o un sufrimiento que no consigues atravesar del todo…
Si sientes que necesitas un espacio profundo, serio e íntimo para este tipo de trabajo interior…
Este verano seguiré trabajando aquí, en Suiza, con procesos privados de terapia asistida con psicodélicos.
He escrito más sobre este proceso aquí: https://sashafodor.es/terapia-asistida/
Con cariño,
Sasha,
la psicóloga más controvertida del siglo XXI
